La primera vez que fui al hogar de quien es hoy mi esposa, me metí en un problema.
Estábamos todos a la mesa, los padres de Mery, sus cuatro hermanos, todos mayores que ella y de pronto mi suegra dice algo absurdo. Nadie dijo nada, me quedé mirando a mis cuñados que estaban a punto de reírse porque sabían que había dicho algo incorrecto, pero se mantuvieron en silencio. Interrumpí ese mutismo y dije con suavidad, pero firme, mirando a mi suegra:
─Perdóneme, pero usted está equivocada, eso no es así.
Luego expliqué, y mientras hablaba Mery, mi flamante novia, me dio un puntapié por debajo de la mesa. La quedé mirando incómodo y le dije:
─¿Por qué me pegas por debajo de la mesa? Tu madre sigue estando equivocada aunque me golpees. Nunca más lo volvió a hacer, porque tuvimos una larga charla sobre hablar y dejar hablar.
Sin embargo, mi flamante suegra se molestó conmigo, se puso de pie furia. Me acerqué a ella. No soy una persona que suba la voz ni que confronte de manera agresiva pero le dije:
─Perdóneme si la ofendí, usted no me conoce. Sin embargo, estoy acostumbrado a decir lo que pienso, y no lo voy a cambiar porque usted sea mi suegra.
Ella me miró enojada y me dijo:
─Es que yo soy la madre.
─¡Claro! La respeto por eso, pero eso no significa que tenga razón en todo.
Hay pasado más de 30 años. Me llevo muy bien con mis suegros, pero aprendí de la manera dura una realidad que nunca viví en mi hogar de origen. En el hogar de mi esposa, lo que decían los padres era inobjetable. Por muy equivocados que pudieran estar los hijos estaban obligados a escuchar y no se les permitía opinar. La consigna más repetida era: “Nosotros somos sus padres”.
Me crié en un hogar donde se nos alentaba a hablar. Mi madre nos transmitió la idea de que una persona que esconde su pensamiento no es confiable. Su frase preferida era: “Siempre es más fácil lidiar con la verdad que con la mentira”. Tal vez de allí viene mi desagrado frente al discurso “políticamente correcto” o la “diplomacia poco honesta”.
En mi hogar de origen la hora de la comida era un bullicio, todos hablábamos, nos reíamos, nos corregíamos, objetábamos cuando algo no nos parecía, contradecíamos a mi madre, nos reíamos de los mitos de nuestra abuela que vivía con nosotros. Nadie se sentía ofendido si le decíamos que no estábamos de acuerdo. Mi madre sonreía si le decíamos que no pensábamos como ella. Muchas veces simplemente nos decía: “Bueno hijo, la vida te dirá otra cosa…” y dejaba la frase en el aire mientras nosotros seguíamos. Con el tiempo he llegado a coincidir con muchas de las apreciaciones que como niño y adolescente objeté, pero no fueron convicciones impuestas, sino aprendidas.
Si un hijo no comunica su pensamiento, ¿cómo pueden los padres saber qué está pasando por su mente? Si un hijo no dice lo que le está pasando ¿a quién se lo dice? Si no aprende a objetar en su hogar, ¿cómo podrá entonces desarrollar la capacidad de interactuar con otros dando a conocer su pensamiento y sus objeciones?
Hablar es mucho más que emitir sonido. Es un acto complejo que implica además aprender a expresar convicciones, dudas, molestias, en un tono no agresivo ni violento, sino asertivo. Un hijo o hija que se le priva de comunicarse adecuadamente, tendrá serios problemas para una interacción sana con otros. Los padres no tenemos la razón todo el tiempo, los hijos deben aprender a expresarse, aunque eso implique decir algo que contradiga a los padres. En un clima de respeto se logra mucho más que en un ambiente dónde lo que hay es imposición y represión.
Foto Randen Pederson Flickr © creative commons
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