Hay madres que convierten a sus hijos en el centro de sus vidas y sacan de ellos los elementos que precisan para valorarse a sí mismas como mujeres y personas, es decir, “chupan la sangre” de los suyos convirtiéndolos en esclavos de sus deseos y títeres de sus propios conflictos personales. Dichas madres terminan siendo castradoras y suegras de terror.
También están las mártires, las que se entregan a sus hijos hasta que se olvidan de sí mismas, al grado de abandonarse y dejar sus necesidades como la última de las alternativas. Son madres serviles que no escatiman esfuerzos para que los “suyos” se sientan cómodos y contenidos, mientras ellas renuncian a la vida social, al crecimiento personal y al amor maduro.
Son los dos extremos de madres patológicas. Mujeres que no fueron preparadas para la maternidad, y que llevaron a este vínculo sus problemáticas personales, sin darse cuenta del daño que harían y se harían a sí mismas.
Madres vampiras
Tienen una necesidad inmensa de ser “madres”, sus hijos pasan a ser una extensión de su valía personal. Para estar contentas necesitan que su prole gire en torno a ellas. Los hijos se convierten en sus siervos personales. Sólo están contentas si se reconoce su rol de madre y si sus hijos hacen exactamente lo que ellas les dicen.
Generan de esta manera un apego patológico, toda vez que usan a sus hijos para suplir sus propias necesidades afectivas insatisfechas. En este caso forman hijos incapaces de tomar decisiones por sí mismos, inseguros, proclives a dependencias y a repetir el mismo ciclo. Son madres que terminan siendo destructivas en el desarrollo emocional de sus hijos. No les permiten ser. Les extraen hasta la última gota de energía en función de alimentar su patológica necesidad afectiva.
Madres mártires
La otra cara, son las madres que se entregan de tal modo a sus familias que se olvidan de sí mismas. Se convierten en dependientes de sus hijos al grado de perder autonomía, relegar proyectos personales e incluso dejar de crecer como pareja.
Cuando la maternidad se asocia a la abnegación es fácil caer en esta patología que termina generando hijos/amos sin empatía hacia madres que lo dan todo por sus hijos, sin dejar nada para sí. En este contexto abunda el síndrome del nido vacío (al irse los hijos se va la razón de ser de la vida), y cuando los hijos forman sus propias parejas, son madres que quieren seguir teniendo un rol protagónico en la vida de sus hijos, sin darles espacio para crecer o convirtiéndose en suegras arpías, porque ven en el yerno o la nuera competencias a su rol de madre.
Los extremos retratan los excesos a los que se llega cuando no se entiende correctamente el significado de la maternidad equilibrada: formar hijos, sin dejar de crecer como persona ni impedir el crecimiento de ellos.
Foto Tisha Flickr © creative commons
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